Lo que piensen de mí

Lo que piensen mis hijas de mí como padre.

Lo que piense mi mujer de mí como esposo.

Lo que piense mi madre de mí como hijo.

Lo que piensen mis hermanos de mí como hermano.

Lo que piensen de mí mis amigos como amigo.

Lo que piense mi socio de mí como socio.

Lo que piense la gente con la que trabajo como jefe y compañero.

Lo que piensen de mí mis clientes como profesional.

Esa es mi vida y mi razón de ser.

No me importa ni afecta más nada.

Pueblo doliente, presidente sonriente.

Despierta uno y mientras se toma su cafecito leyendo las noticias lo escupe al enterarse del nuevo despropósito, ridículo y pena por la que nos hace pasar Jimmy Morales.

Resulta que después de los eventos trágicos y aberrantes que se dieron ayer a lo largo del país, el Señor Presidente de la República hoy sí hizo gala no solo de su falta de intelecto, sino también de respeto, humanidad y solidaridad con el pueblo que equívocadamente los puso en un puesto para el que no está calificado ni mucho menos.

Amaneció pues el mandatario desayunando amenamente con los hermanos evangélicos, (cosa que viola el laicismo del estado) somatándose el pecho y soltando un par de cocodrilo mientras rezaba un par de oraciones, cuando debería haber estado a las 7AM en reunión con su gabinete para tratar la situación y dar garantías a sus electores. Encima, ENCIMA, después se dio el taco de presidir la CELEBRACIÓN, sí CELEBRACIÓN del día de una bandera con la que se limpia el culo a diario. Celebró pues el presidente, cuando su país lloraba, me imagino para que no lo regañaran sus patrones en el ejército, en lugar de declarar una semana de luto nacional y ofrecer justicia a las víctimas de la barbarie.

Este tipo de conducta, a todas luces antisocial, 24 horas después de una masacre en un hospital, de mujeres quemadas, de niñas torturadas, de delincuentes liberados en los tribunales y otro sin fin de calamidades que ayer asolaron esta sangrante tierra, no es solo una falta de respeto, es una trompada en toda la cara de los guatemaltecos, es bailotear encima del duelo de los seres queridos de los caídos y escupir sobre el luto de un país entero. Inaceptable, inadmisible, imperdonable.

Cuando uno cree que esto ya tocó fondo, aparece esta caricatura de ser humano, este esperpento presidencial, esta aberración política para convertir el dolor de este país en uno de sus patéticos esquetches.

Siento asco. Como nunca.

El MiedOS como sistema operativo.

Dos escenas:

Me cruzo la calle para caminar a mi casa del lado del Oakland Mall, o el Oclan, como dice la mara. Son las 7 de la noche, camino detrás de una pareja que va de la mano. Llegan a la salida del parqueo unos cuatro pasos antes que yo, se detienen bruscamente, con miedo, de hecho el alcanza a halarla mano para detenerla. Un carro está a punto de salir, lo dejan pasar, por mi parte, sigo mi camino sin detenerme, el carro debe frenar, como es debido y yo me quedo pensando en la escena que veo dos o tres veces al día en las calles de la Ciudad de Guatebala y que debo llegar a la casa a escribir antes de que se me pase la enjundia.

Otra escena. Hago cola en migración con mi mujer y mi hija para renovar el pasaporte de la pequeña. La primera vez la doñita que revisa los papeles en la entrada nos mandó de regreso porque mi nombre en la partida de nacimiento tiene tilde en la i y en el DPI no. Es que usted está aquí para cerciorase de mi identidad como padre de la niña, le digo, no para calificar la ortografía de otro burócrata. Pues por una tilde puede ser otra persona, me contesta. Que triste su vida, le digo yo ya algo emputado. Viera ques bien alegre, me dice con un tono algo sádico. Me doy la vuelta y me largo derrotado.

Bueno, me desvié, quizá fue un desahogo, sírvase el lector disculparme. Volvemos a la cola, la madre de todas las colas, el peor día del año para ir dicen por ahí. Bueno, ya ni modo, no podemos dejarlo para otro día. Encima me preocupa que me toque la misma doñita para revisar los papeles. La cola avanza con cierta fluidez dentro de lo posible. Hora y media, avanzamos 75 metros, faltan 60. De pronto la cola se muere. Se detiene. Una hora parada en el mismo lugar. Desde donde estamos empiezo a escuchar gritos de HAGA COLA, COLA, que en algún momento se convierten en HACÉ COLAIJUELAGRANPUTA. Bueno, me voy al final de la fila, donde dos policías tratan de razonar sin argumentos con la gente que empieza a encachimbarse ya en serio. ¿POR QUÉ A ELLA LA DEJA PASAR? ¿Y ÉL QUE PUTAS? USTEDES PISTEADOS ESTÁN. CUATRO HORAS AQUÍ Y A ESA VIEJA SOLO LA DEJA PASAR, y así.

Una señora, la que estaba más como la gran puta, los acusa de corruptos, que son ellos los que dan los número a cambio de 20 pesos, que que poco valen. Brava la doñita que también reclama a la gente en los primeros puestos de la fila: ¡Y ustedes medio mudos que se dejan! ¡Mándenlos a la chingada! ¿Qué les pasa? La gente no responde. Tiene miedo, no de la señora si no de atreverse a frenar a los colados y de los dos pusilánimes policías. Un tipo grande y de espalda bien ancha casi llega a las manos con el uno de los chontes, se empujan, me da no sé qué, nunca me meto en lo que no me importa, pero le pongo la mano en el hombro desde atrás y le digo, cálmese, le pueden pegar un tiro, hombre. Tiene razón me dice, y se calma. Un señor chaparrito, bien trajeado, piscacorbatas y todo, lentes oscuros, prietío mi compañero, que se miraba demasiado decente para ser abogado, logra organizar a tres o cuatro personas: bueno muchá, de aquí no pasan. A la verga los colados, si estos inutiles no hacen nada, nosotros sí. Los demás lo miran reacios. No se quieren meter porque tienen miedo. La cola ahora que se ha gestado esta microrevolución empieza a avanzar otra vez. Me quedan las palabras de la señora sonando en la cabeza: ¿Y ustedes medio mudos? ¿Por qué se dejan? Porque tienen miedo respondo para mí.

Bueno, ya entrando en materia, todo se vino a mi mente con este tuit: Hay dos tipos de guatemaltecos: el 98%, los que paran en la esquina para dejar pasar el carro y el 2% los que siguen porque saben que el carro debe detenerse. Y los que alegan en la cola de migración y no dejan que se les cuelen y los que no. El 98% los que padecen el segundo peor mal después de la desnutrición en este país: miedo. Miedo que viéndolo bien, puede ser otra forma de desnutrición. Desnutrición del amor propio, del orgullo, la dignidad y hasta del instinto de supervivencia.

Y bueno, ni modo. Como no vamos a vivir con miedo. Si generación tras generación desde la conquista hasta los tiempos de Ríos Montt nos amansaron a pura verga. A punta de espada y de galil, de latigo y de granada. La foto del Palacio Nacional con la marimba sonando por la TV, GOLPE DE ESTADO, miedo. Los helicópteros volando de noche, miedo. Las vans polarizadas sin placas, miedo. Miedo en paleta, miedo en puta. Millones de indígenas asesinados, violados y esclavizados por los españoles, cientos de miles de muertos y desaparecidos por el Glorioso Ejercito de Guatemala. Miedo. Un Glorioso, que por cierto, a la hora de pelear porque no nos quedáramos sin Chiapas y Belice tuvo miedo. Que a la hora de ir a defender nuestras fronteras de narcos y contrabandistas que entran y salen cuando les da la gana, siente miedo. Soberanía nacional será mi huevo. No existe. Lo que hay es miedo, miedo como la chingada. Hasta el ejército valiente de este país tiene miedo, perdón pero paquevergas, estamos pisados.

El peatón que se baja de la acera para dejar pasar al motorista psicópata que viene sobre la misma en lugar de pararse y decirle que se baje él, tiene miedo. El señor que al que le llevan su carne bien asada y la pidió termino medio: "¿no pero sabe qué? Me la como así, no tenga pena", tiene miedo. Miedo disfrazado de pena.

No es pena. Solía pensar que los guatemaltecos somos apocados, apenados, pero no, pena es entrar y que te agarren robando dicen, o peor aún, entrar a robar a Dólar City y que te cachen. Ni apenados, ni apocados, amedrentados sí, atemorizados también, aterrados, a huevos.

Nos redujeron los sentimientos al más esencial, al primario, del que vivían nuestros más lejanos ancestros, los hombres de las cavernas: el miedo. Ojalá fuera miedo de vivir, porque dejémonos de pajas, aquí no se vive, se sobrevive, tenemos miedo de morir. Miedo desde que nos neguemos pagarle 30 pesos al cuidador de carros por temor a que nos raye el carro o miedo de salir a caminar en falda corta o short de lona por temor a que algún imbécil te diga cualquier barrabasada o peor, aún se masturbe encima con sus amigos en la camioneta, como le pasó a una patoja en la oficina. Miedo cuando llamamos dos veces a un ser querido al celular y se va a buzón. Pavor.

Alguna vez leí que como consecuencia de las retahíla de pruebas nucleares que se han hecho en el Pacifico, todos los humanos ya nacemos con una muy ínfima contaminación radioactiva en el ADN y pienso, que también puede ser posible, que con el paso de los siglos, de la voladera de verga de que hemos sido víctima generación tras generación, también el ADN del chapín haya mutado y tengamos ya un cromosoma del miedo por ahí metido. Después de décadas de exponernos a las imágenes de las fosas comunes, después de tanta foto de desaparecido con filtro ochentero, después de tanto mejor no te metas en babosadas, mejor no digas nada, después de tanto gamezán y alambre espigado en los huevos, después de la esclavitud, la violación, los machetazos en los carcañales en los ingenios, los millones de tortillas con sal elevadas al cielo con gratitud, después de tanto y después de todo, general, teniente, coronel, policía, G2, judicial, pelotón, batallón, mara y comando. Después de tanta hambre, chincungunya, dengue y demás plaga, nos termina de carrocerar la gran puta y nos hartamos miedo los tres tiempos.

Salimos de la casa con miedo, volvemos a la casa con alivio. Un milagro regresar vivo de la calle en esta tierra. A los que no tienen miedo les dicen que tengas miedo. ¿Pero de verdad caminas? No corras por ahí. Después de cierta hora es peligroso tal cosa. Le meten miedo, le sacan vida.

A los que no han tenido miedo se los han escabechado, a casi todos, desde los que encabezaban marchas pacíficas en los 70s hasta el que se resiste a que le roben el celular que se ganó partiendose el culo trabajando y termina con un tiro en la cabeza, porque no tuvo miedo, pero fue su culpa, por mula, no es culpa del ladrón, el mula fue la víctima. La patoja que no tuvo miedo y se atrevió a salir de madrugada del bar y fue violada en el parqueo, no tenía miedo, pero ella tuvo la culpa, por andar bola a esa hora, por andar con esa faldita, el pobre violador no se aguantó y la tuvo que revolcar. Ella fue la imprudente. Víctima y culpable. Solo en Guatemala. Eso les pasa a los que no tienen miedo y eso nos da miedo, y así, sigue esa maldita espiral en la que caemos, si que nadie se anime a decir nada. Sin que nadie se atreva a devolver su plato porque no se lo trajeron como pidió y sin que nadie se atreva a denunciar a un acosador, a un político, militar o policía corrupto, porque nos detiene el miedo y paradójicamente, nos impulsa el miedo. El sistema operativo instalado en este dispositivo llamado Guatemala: miedo.

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El Oficio Más Importante del Mundo

A los hombres se nos atribuye infinidad de roles y responsabilidades desde que nacemos. Desde la alegría del hogar al hombre de la casa en los diferentes estadios de nuestra vida. También se nos solía decir que los hombres no lloran y que éramos el sexo fuerte. Y así, crecimos en medio de esta tempestad de conceptos e ideas que hoy consideramos nocivas y arcaicas.

Así sin preguntarnos, sin consulta alguna. Nos toca apechugar con cuanto deber y obligación se nos encomienda y nos impone: desde ir a traer las tortillas hasta defender el honor y la soberanía nacional.
Sin embargo, llega el día en el que todo cambia y no vuelve a ser igual nunca. En el que el propósito de nuestra existencia parece revelarse y tomar forma. Un día en el que despierta en nosotros toda una nueva gama de instintos, sentimientos y nociones, hasta ese instante, desconocidos. El día en el que descubrimos que nuestra vida ya no es nuestra, y quizá no lo era, sino que estábamos guardándola para esa personita que,  con los ojos aguados y nuestra más pura sonrisa, sostenemos en  brazos en la maternidad de algún hospital.

El día en que empezamos a estudiar y a practicar a la vez, el oficio más importante del mundo: ser papá.

Una vez que esa criaturita aprieta con su diminuta mano uno de nuestros dedos, no suelta nunca. Nos convierte en un instante mágico en la persona más importante del mundo para otro ser humano. Así de fácil. Por primera vez, la existencia, la vida y la felicidad de otro ser humano dependen enteramente de nosotros. De que sepamos practicar con pericia, devoción y precisión ese oficio que quizá no hemos llegado a valorar o ponderar en su justa dimensión .

Cada uno de nuestros hijos es el proyecto más importante de nuestra vida. No hay tarea, campaña o comisión en el mundo que asemeje la complejidad y trascendencia de llevar a esa persona que decidimos traer al mundo a un punto de la vida en el que le sea posible alcanzar la felicidad y la realización personal.
En mi caso, como padre de la que ya es una hermosa mujercita y de una bella niña envuelta en un mundo de ilusión, he entendido que soy el primer hombre en sus vidas, su primer amor, y que debo ser yo, quien ponga la medida del estándar con el ponderarán a cada hombre que llegue a su vida. De manera que lo pongo alto, muy alto. Respeto, devoción, atención total. Detalles y cariño del más puro, para ponérsela difícil a quienes opten a compartir un momento o su vida con ellas. Es mi manera de protegerlas y prevenir que un macho abusivo, insensible y retrógrada entre en su vida. Ya luego todo será decisión de ellas. 

«Quiero que sean mujeres fuertes, valientes e independientes, nada más» Ese es el mensaje que sistemáticamente repito a estás dos hermosas criaturas.

Y en eso estamos. Acertamos, erramos, reímos, lloramos, gozamos, sufrimos, creemos y dudamos, pero… ¿Quién dijo que iba a a ser fácil? ¿Quién nos enseña? ¿Dónde está el manual? ¡¿Dónde dan cursos de como practicar el oficio más importante del mundo?! Unos dicen instinto, otros consciencia, otros amor, otros devoción, otros deber, y quizá sí, ser padre es un poquito de todo eso y más aún.

Una vez alguien me preguntó con mucha honestidad y pragmatismo: ¿Para qué jodidos complicarse la vida teniendo hijos?

Lo único que pude contestar fue: Porque es la única manera en la que puedes conocer el amor más puro y grande que existe.

Con el oficio más importante del mundo vienen obligaciones y esfuerzos que jamás imaginamos, pero también llegan satisfacciones y alegrías que jamás soñamos.

Una de esas, es precisamente esta ocasión: que se nos dedique un día del calendario por el “simple” hecho de ser padres.

Más allá de un día para recibir corbatas, lociones, plumas, herramientas y demás accesorios asociados a la profesión, se trata un día para recibir afecto, calor y vida de esas personas con las que compartimos la emoción, el orgullo y la dicha indescriptible de practicar el oficio más importante del mundo: ser padres.
Feliz Día, Colegas.

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Combustión Interna

Abundan en mi país, en esta maldita ciudad, esas personas para las que el semáforo siempre está en rojo. En cada esquina un circo de payasos tristes, un jardín de infantes fallido, un geriátrico al aire libre, un centro de rehabilitación fantasma. Gente, seres humanos, personas a quienes la sociedad devoró y desechó. Los que se cayeron de la mesa, los que no encajaron en la maquinaria. Hombres y mujeres invisibles, niños grises como el concreto, ancianos sepia como el polvo, discapacitados que se funden desde la cintura con el asfalto.

Víctimas de la ciudad, de una historia que nadie conoce. Están allí, pasan allí, se quedan allí. No sabemos de dónde vienen ni cuándo se irán. A nadie le importa, a nadie le interesa. Compramos la distancia que deben guardar entre ellos y nosotros con una moneda. Cuando nos sentimos más culpables hasta nos desprendemos de un billete. Son vendedores de perdón, de redención, de alivio. Llevan en sus hombros el cargo de conciencia ajeno. Gozan de una empatía pirata. 

Indigentes, jorobados, ciegos, sordomudos, mutilados, cojos, desnutridos, alcohólicos, drogadictos, tuertos, quemados, mancos. Abandonados, apestados, apartados. Hordas de almas en pena, ejércitos de espíritus rotos, multitudes de desahuciados, desterrados de la humanidad, un pueblo errante caminando en círculos entre dunas de cemento. 

Hoy uno de ellos, una anciana indígena de unos 70 años y tres siglos se acercó a la ventana de mi auto. Me hizo un seña con el índice su muñeca mientras musitó, qué hora es. Traté de verla a los ojos, hice mi mejor esfuerzo, no aguanté el peso del plomo en su mirada, dentro de lo que queda de ella siempre es de madrugada. Me dio frío. Dos y cuarto le dije, ¿Qué? Volvió a musitar llevándose la mano a la oreja. Dos y cuarto, más alto más fuerte, una tercera vez, dos y cuarto, hasta que oyó. Gracias. De nada, señora. 

¿A dónde va? ¿Tiene que estar en algún lugar a alguna hora precisa? ¿Dónde tiene que estar a las tres? ¿Quién la espera? ¿Qué le espera? Y la pregunta que me martilla el lóbulo frontal desde hace meses: ¿Qué la mueve?

¿Qué los mueve? No sé. Ni puta idea. ¿Usted sabe? Dígame. No sé que los mueve, pero sé que yo no lo tengo. ¿O sí lo tengo? 

Cuesta salir del confort de un cálido colchón de dos mil dólares para ir a sentarse a una oficina con vista a los volcanes para mandar correos ocho horas desde atrás de un lustroso escritorio. Qué tipo y cantidad de energía se requiere para salir del infernal barranco a pasar hambre, frío, calor, sed y pena debajo de un semáforo. ¿Qué tendones mueven a un miembro amputado de la sociedad? ¿Qué combustible alimenta ese motor intangible que no se detiene. Dónde llenan su tanque, de qué carajo lo llenan.

Al internet a buscar, a investigar desde el sofá, a subirse al cursor para perseguir respuestas. De dónde vienen, a dónde irán, qué proceso los atraviesa para llegar hasta allí, qué hicieron para merecer esa muerte que no acaban de vivir. ¿Será el karma, la predestinación, castigo divino?

Pensaba que no lo tenía hasta que alguien me dijo que lo tengo, que todos lo tenemos. Bajo nuestro propio semáforo y en nuestra esquina de la vida. Tendría que descubrir la fórmula de 7,000 millones de combustibles. Cada quien tiene uno propio. Diferentes nombres, diferentes formas y presentaciones. No se trata de un compuesto genérico. 

No es la voluntad humana, ni la determinación, ni la fe, ni los huevos, ni la valentía, ni la resistencia, ni la resiliencia. Es una chispa única, la adecuada, la personal. La de ellos, no es la misma que la nuestra, ni es la misma la mía que la de usted. A lo mejor la vida misma se trata de eso, de encontrar el nombre de esa fuerza, o de todo lo contrario, de no intentar bautizarla, porque ya tiene un nombre: el propio.

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Metrópolis

Aquella tarde, aquella noche,

Aquel día, aquella madrugada.

Aquella coincidencia entre tiempo y lugar.

El momento afortunado, la hora anticipada.

 

Nos besamos en cada esquina de Buenos Aires

Nos abrazamos bajo cada farola de Cartagena

Nos reímos en cada bar de Montevideo.

Recorrimos, anduvimos, estuvimos.

 

Nos emborrachamos en cada cantina del DF

Nos arrinconamos en cada portón de La Antigua

Nos compartimos en cada restaurante de Burdeos.

Amamos, vimos, fuimos.

 

Nos atravesamos en cada puente de Paris

Nos mojamos en cada playa de Barcelona

Nos diluimos en cada multitud  de Nueva York.

Pasamos, sucedimos, vivimos.

 

Nos construimos ciudad  inagotable

Una urbe incombustible

Una capital para nuestro reino

La sede del deseo irrefrenable

Una metrópolis para dos.

 

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El Viaje

Ella fue una escala que se convirtió en destino.

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Pánico

«Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí»

Augusto Monterroso.

Alguien que cree vivir mi mismo infierno me preguntó hoy: ¿Vic, qué sientes cuando te pones mal? Debo acá detenerme un momento, perdón por hacerlo justo cuando estoy empezando, pero aunque me considero un hombre de palabras, las ideas llegan a mi cabeza en forma de  imágenes y formas que trataré de traducir a letras, oraciones o párrafos.

¿Qué sientes cuando te pones mal, Vic?

Lo primero que me vino a la mente ante la cuestión fue la imagen de la tapa de un ataúd arañada por dentro. Enterrado vivo, uñas arrancadas. Horror, terror y pavor. Un ataúd de carne. Implosión. Crisis. Una corriente de frío que corre y recorre mis pasillos. Frustración, impotencia, desesperación. Más crisis. La rama se dobla hasta crujir. Dos manos tratando de separar violentamente mis hemisferios cerebrales. Falta de control de mi torre de control. Un aeropuerto en caos. Un ataque terrorista en el interior de mi país. Esa imagen de mí mismo arrastrando mi propio cadáver. Esa jodida imagen tan fuerte, tan dura y aún así, tan poética y hermosa. Un Guernica pintado en la parte interna de mi cráneo.

¿Va a pasar? ¿Hasta aquí llegó mi conciencia? ¿Voy a terminar hecho una legumbre al sol en el jardín de una «casa de reposo»? ¿Qué será de los míos? Miedo. Presa del miedo. Ver el abismo hacia arriba. Una tormenta dentro de otra tormenta. Tiene que pasar, pero no pasa. ¿Habrá más gente pasando lo mismo? ¿Quién es ese hijo de puta que me habla? ¿Quién es ese cabrón que me atormenta? Soy preso de mí mismo. Demonio de mi propio infierno. ¿Esto se acaba? ¿Esta mierda pasa? Rehén y captor a la vez. Tortura, parálisis, desesperanza. La puta crisis infinita. La maldita crisis recurrente. Los ojos se voltean hacia adentro. Tinieblas, caos, dolor. Un campo de concentración mental. Exterminio propio. Ese hijo de puta que no se calla, simplemente no se calla. Tiene que pasar, tiene que pasar. Pero no pasa. El beso del miedo es eterno. Me encojo desde adentro. Me arrugo. Una mano pesada y callosa me estruja hasta hacerme un bolita lista para lanzar al basurero. La rama se sigue doblando, sigue crujiendo. Desespera más la tensión que el dolor. Que se rompa de una puta vez, pero no, la rama es resilente.

Palabras como despojos del naufragio, restos a los cuales aferrarse. Las palabras del psiquiatra: es su cerebro produciendo neurotransmisores que no necesita y dejando de producir los que necesita, el hipotálamo y el jodido lóbulo frontal y no sé qué. Las palabras del amigo: pero si lo tienes todo, la vida te sonríe, deberías ser feliz. Las palabras de la madre, la mujer, nada. Las tablas se hunden o se escapan, nada de que asirse, nadie a quien aferrarse. Nada.

¿Cómo llegué a este punto? ¿Cómo naufragué en este mar de mierda hasta tocar fondo para cavar mi propia tumba? No volaba, caía. Alguien que me saque de mi jodida miseria. Una hoguera de pensamientos en medio de una plaza medieval. Soy el verdugo que la prende, el público morboso que asiste para maldecirme. Esos rostros llenos de odio, de asco y repudio son el mío. En ese momento soy yo contra yo, mí versus mí en una pelea en la que los dos saldremos muertos. Basta, por amor de un dios que desconozco, basta. Y pasa. Pasa porque todo pasa. La estampida se escucha en la distancia hasta dar paso al silencio después de la tormenta. Pisoteado, arrastrado, aplastado. No llega el alivio ni la paz. El mismo miedo de que la fiera vuelva es buen consuelo. Si puede volver es porque ya se fue. La lógica del cautivo. Suspiro. Sueño. Y pasa.

Aprender a vivir con precaución y no con miedo es tal vez la parte más pesada, pero también es la clave. Bajar del escenario al cabrón del monólogo interno. Si has de pensar en algo que sea en el momento de tu muerte, dicen los budistas. No darse cuenta de uno mismo hasta que el relámpago rasgue otra vez el horizonte, pasen esos segundos de tensión e incertidumbre y llegue el trueno; se aproxima la tormenta una y otra vez. Porque como pasa, también vuelve. El “loop” infinito de la demencia. El déjà vu de la tormenta. El pánico me llevará otra vez entre las patas.

¿Qué sientes cuando te pones mal, Vic?

Me esmeré en hacer la descripción de estos eventos lo más gráfica y explícita posible, pero dejé fuera un sentimiento: la necesidad de compartirlo, de que gente, también encerrada en esa ínfima celda que conocemos como cráneo, sepa que quizá está sola, pero no es la única. Así como me he asomado con horror al abismo, también he conocido el poder de la palabra. La palabra es el origen, la fuente, el armazón que da estructura a la razón. Entre la nada y el todo hay una palabra. Palabras, algoritmos de letras, el software del cerebro y leña para la caldera del tren del pensamiento. Hablar es escupir el veneno que se succiona de la herida. Hay que hablar, hay que contarlo, hay que decírselo a gente de confianza y conviene ir haciendo mucha de esa gente. Hacer del amigo un psiquiatra y del bar un consultorio.

Notará también el lector que en ningún momento me atreví a ponerle un nombre al huracán, me abstuve de bautizar al engendro, porque cuando se le pone nombre a algo se hace propio y puede que se quede. Cada quien sabrá cual es el demonio que lleva sobre los hombros, porque como bien dicen, el infierno es un lugar detrás de los ojos.

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Hipsters de la Compasión

Trendsetters de la solidaridad, influencers de la conciencia. Despiertan ávidos de información, hambrientos de noticias. Desayunan titulares y reportajes del bufé que les sirven cada mañana las grandes cadenas de noticias. Alimentan su conciencia y sustentan su indignación comiendo de los platos que conocemos como tablets y esmarfons. Peinan el interné en busca de una nueva calamidad global, de un nuevo atentado, de una nueva crisis migratoria, de una nueva guerra injusta. Esculcan la red rastreando grotescas imágenes de negros reventados a punta de ametralladora en una remota  aldea de algún país africano que no podrían señalar en un mapa. Olfatean el bosque de la información, son sabuesos del morbo a la caza de esa impactante foto del niño afgano llorando entre el polvo la muerte de sus padres. Algo para «compartir» en los diferentes perfiles de sus múltiples redes sociales, en sus Feisbucs, Instagrans, sus Tuiters y sus Tumblers. Lo que sea con tal de hacerse de algún insumo en forma de dolor ajeno y distante que les de la fuerza necesaria para abrir sus laptops, mamporrear esos teclados y juntar las letras suficientes para subir un vehemente y contundente y desafiante post. El Santo Grial de los posts, la madre de todas las publicaciones. Esos tres párrafos redactados en estrecha colaboración con Google y Wikipedia que cambiarán el mundo.

Esos que en su vida han levantado una pancarta ni han dado la cara ante los servicios de inteligencia de su país para evitar que les echen color. Los que tuitean a la sombra del toldo de un Starbucks pero jamás se han asoleado manifestando en una plaza. Los que nunca se han interesado por el muchachito que ven haciendo malabares o pidiendo limosna debajo del semáforo por el que pasan todos los días, pero, eso sí, lloran sangre al ver la imagen del niño sirio ahogado en una playa y preguntan desde sus dispositivos móviles como ayudar ante la tragedia humana a 14,000 kilómetros de su pueblo. Esos a los que se les arruga el alma al ver a los inmigrantes subsaharianos atravesar el océano en balsitas para llegar al sur de Europa o a las huestes de kurdos y sirios errantes por el desierto en busca de la tierra nunca prometida, pero son ciegos ante  los cadáveres colgados en los puentes de sus propias ciudadades por los narcos y no saben de los miles y miles de sus compatriotas muertos, asesinados o violados en su travesía hacia el Norte. Las víctimas de un desierto más cercano, los desplazados por la miseria de sus mismos países.

Su atención, su compasión, su piedad es producto de exportación a los lugares más exóticos, remotos o a los grandes centros del glamour en Europa y Estados Unidos. Saltan de los tsunamis en Indonesia, a los terremotos en Haití a los tifones en Filipinas. Pasan como páginas de una revista de variedades de los atentados en París a las bombas en Bruselas, a las masacres en las universidades de Estados Unidos. Los deslaves, erupciones, inundaciones y huracanes que asolan el interior de su país son mitos rurales. 

Estos revolucionarios del GuayFai y activistas del LTE ven arder el mundo desde la ventana de su navegador y despotrican contra la raza humana desde su balcón digital. Llaman al cambio con las yemas de sus pulgares  y la rebelión desde una tarima virtual. Tal y como lo hicieron Gandhi, Martín Luther King y Nelson Mandela, pero sin poner un pie en la calle. No los detendrá nunca un pelotón de policía ni la represión miltar, su rebeldía llegará hasta que se queden sin batería.

Ellos, los hipsters de la compasión, lucen hashtags de diseñador, usan avatares de autor y headers de vanguardia. Se pulen el ego con el paño del dolor ajeno, cambian el mundo un click a la vez y desfilan por una suerte de «prêt–à–porter» de la solidaridad pegando en el cielo el último grito de la moda del horror. Nos dicen qué nos debe indignar, nos ayudan a distinguir lo justo de lo injusto y nos corrigen por no poner nuestra atención en lo que de verdad importa. Ellos los mártires del post, los inmolados del tuit, parafraseando al gran Sabina: los macarras de la nueva, muy versátil y conveniente moral del siglo XXI.

Vic García.

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Acto Final

Manejaba a toda prisa, no quería perderse el acto de la niña. Terminó perdiéndose su vida.

VG

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